17.9.07

Texto seleccionado de agosto: RETAGUARDIA


Retaguardia

Gora


Hacía mucho calor, recuerdo. Avanzábamos en bloque, tratando de conseguir agua a cada rato para no deshidratarnos. Yo estaba en el cordón, justo en la unión entre franceses y suecos. La cadena humana estaba tan tensa como nosotros mismos. Sed y nervios no amainaban la firmeza. Al grito de raus, raus, raus, avanzábamos. Un coro a capella de distintas voces, en infinidad de idiomas, mantenía los ánimos encendidos. Y salían las señoras a sus balcones para saludar a la multitud que pedía algo para refrescarse. Cada vez que caía un baldazo o una botella desde algún edificio, llovía una fiesta de aplausos. Aquel líquido maravilloso renovaba nuestras energías.
Una emboscada casi frustra nuestros objetivos. Tuvimos que atravesar un túnel largo y oscuro. Nuestras manos se aferraron unas a otras con más fuerza que nunca, para lograr atravesar, ilesos, la negrura de un lugar recóndito en una ciudad desconocida para nosotros. Caminamos a ciegas con el pecho apretado, agudizando los sentidos y manteniendo el estado de alerta. Los cánticos se hicieron oír más aún, retumbaban junto al eco de los pasos como verdaderos gritos de guerra, imprescindibles para enaltecer el coraje en condiciones adversas.
Sin ver sus rostros sentíamos los escudos. Respirábamos adrenalina temiendo que algún novato imprudente fuera soltar un gas en aquel recinto claustrofóbico. Oímos un grito, que por efecto dominó fue propagado en varias gargantas. Las consecuencias podrían haber sido nefastas de no ser porque ellos tenían más miedo que nosotros.
Volvimos a la luz agitados, el cordón lateral izquierdo se desarmó por algún motivo que nunca supe. Algunos abandonamos el sector derecho para controlar la situación lo antes posible. En eso veo a Neven derribado en el suelo y palazos de todos lados. Me arrojé delante de él para sujetarlo con fuerza. Trataban de apartarlo de la multitud y llevárselo a golpes de cachiporra. Yo me aferraba a él con todo mi ser, aguantar los garrotes no era nada para mí; las posibles secuelas físicas eran incomparables al daño que podían hacerme si lograban arrancarlo de mi lado. Neven se sujetaba a mí tratando de cubrirme. Y así rodamos hacia el centro del bloque, encadené su brazo con el mío y juntos, abrazados, continuamos la marcha.


2.8.07

Texto seleccionado de julio: LAGUNAS

(Tercer premio en el concurso literario "150 años del Hospital Británico", Uruguay 2007)

Lagunas

Gabriela Morales


Una bruma gris, espesa, lo envuelve todo. Entra por mis ojos, nariz y cada resquicio de mi piel. Permanezco de pie, apenas cubierta por una bata blanca larga y estirada. Tanteo la pared rocosa interminable que tengo a mis espaldas, con algo de cuidado y bastante más de miedo. La viscosidad que descubren mis dedos temblando me disuade de recostarme para alivianar la espera.
El aire parece no tener temperatura y mi cuerpo tampoco. Observo mi piel, me devuelve un color desconocido, como si estuviese desvaneciéndome lentamente. Mis pies descalzos se sostienen inestables, sobre un barro tibio y verdoso que se cuela entre los dedos, transformándose en cuerpos amorfos, estirados. Todo sin dudas resultaría increíblemente asqueroso. Sin embargo, es como si la posibilidad de la repugnancia me hubiese sido amputada.
A pocos metros de mis pies, se extiende el agua turbia, de un azul violáceo. Como paralizada, se prolonga hasta donde llegan los ojos. Un olor agrio, a vegetales pudriéndose al sol, emana en forma casi visible desde el lago. Permanezco quieta, obedeciendo algún oculto designio.
Mi boca me trae un sabor metálico, desagradable. De pronto tomo conciencia de la inmovilidad de mi lengua, aplastada. Escupo sobre mi mano y descubro una moneda reluciente, en la que rebota hasta el infinito una luz que no logro descifrar de dónde sale. La observo, incapaz de reconocer esos números ni el rostro que se dibuja del otro lado. La quietud y el silencio me asfixian. Sin pensarlo mucho, tiro con fuerza la moneda hacia el lago, buscando que al menos el sonido me haga compañía. Se detiene un segundo al tomar contacto con el agua, como si ésta en realidad fuese nata o aceite. Por último se hunde, produciendo un sonido hueco que se dibuja en círculos concéntricos. Estos se mueven lentamente, agrandándose una y otra vez. Una ola pequeña llega por fin hasta la orilla y produce un chapoteo desmedido.
Mis ojos buscan desesperadamente algún objeto o superficie familiar que les de sosiego. Me arrepiento de haber tirado la moneda, al menos era algo en qué entretener las manos. Como defendiéndose, mi mente genera, o recupera, imágenes caóticas, multicolores que desfilan groseras frente a mis ojos. Soy incapaz de encontrar lógica alguna a lo que me dispara el cerebro; sin embargo, muchas escenas sacuden dentro mío una extraña sensación de familiaridad.
De pronto, y después de lo que no sabría decir si fueron siglos o segundos, surge un sonido leve. Aguzo el oído, intentando descifrar aquello que las paredes rugosas parecen empeñadas en caricaturizar. Casi podría afirmar que es un barco deslizándose sobre el agua. Inquietud y terror habitan por igual mi cuerpo. ¿Debería ocultarme? ¿O quizá comenzar a gritar y pedir ayuda? Escondites no parecen abundar en este paraje desolado. En realidad, no tengo demasiado tiempo de evaluar alternativas...
Ante mis ojos aparece una barca de madera. Son tablones uniformes, oscuros sobre los que se alza una caseta algo desvencijada. Una silueta encorvada sostiene un remo que se interna dentro del agua y asoma un par de metros hacia la oscuridad. A medida que se acerca, puedo ver que es un hombre. Muy viejo, y sin embargo realiza cada movimiento en total armonía, como si no le costara nada. Los movimientos sin duda se dirigen hacia mí, así que opto por arrastrar mis pies entre la espesura del barro y acercarme a la orilla.
Casi a punto de llegar, se detiene. Ahora puedo ver su rostro. Los ojos casi desaparecen entre un sarpullido interminable de arrugas. A pesar de ello, un fulgor entre rojo y negro me observa, como queriendo atravesar mis pupilas. Sus uñas largas y puntiagudas se clavan en la madera del remo, que sostiene inmóvil. Permanezco estática observándolo, cierro mis brazos sobre la bata blanca, temiendo algún viento desconocido que deje mi piel traslúcida al descubierto.
-¡Dale, nena! ¿Te pensás que tengo toda la vida para esperarte? –es como si su grito me hiciese tomar conciencia de golpe, del horror de todo esto.
Atajando otro posible rezongo, me pongo en movimiento. Mis pies tocan ahora el líquido del lago, que contiene sustancias indescifrables en suspensión. Me deslizo con rapidez sobre el barro, temiendo alguna alimaña marítima que haga presa de mis pies. Apoyo ambas manos sobre los tablones ásperos. El viejo permanece como una estatua sin hacer el menor atisbo de ayudarme, aún viéndome forcejear buscando un punto de agarre.
Finalmente lo logro y subo. Quedo a menos de un metro de distancia de él. Un olor pútrido, nauseabundo, viene a mezclarse con todo lo demás. Hace rato que una hilera de lágrimas desfila interminable atravesando mi cara.
-Tomá y dale que vamos atrasados… –me escupe ahora, con furia, observándome de arriba abajo.
Sostengo el remo que me alcanza. Al instante su peso exagerado me arrastra, casi al punto de hundirme en el lago.
-¡Serví para algo! –me dice y prende sus uñas de mis costillas, obligándome a hacer fuerza.
Es casi imposible, pero rebusco en cada músculo cualquier vestigio de fortaleza que me permita aferrar el remo. El viejo permanece frente a mí, con los brazos en jarra, un pelo gris ceniza cae largo sobre algunas partes de su cabeza.
Supongo espera que me mueva. Aliviada, observo mis brazos ponerse lentamente en marcha.
-La guita… nena, ¿para cuándo? ¿O te creés que esto es gratis?-me reclama ahora, inmune al dolor que se entrevera con mis lágrimas.
Alzo los hombros, incapaz de articular palabra. Caigo en cuenta de la moneda desconocida que tiré hace un rato. Cuando parece haber llegado al límite, mi angustia logra multiplicarse, potenciarse hacia el infinito.
Entonces, un golpe seco atraviesa mi corazón. Es una sensación desconocida, electrificante.
El viejo sigue hablando. Sus labios resecos y grises se mueven con fuerza, sin embargo, el sonido parece desvanecerse. Los olores van borrándose. La electricidad recorre mis entrañas.
-¡Vamos, Vicky! No te vayas, que ya te tenemos…-oigo otra voz, dulce, aunque angustiada.
Abro los ojos con fuerza. El olor es otro. Penetrante también, pero limpio. La luz se refleja en mesadas de acero inoxidable y recipientes. Mi cuerpo yace acostado.
Un par de ojos azules buscan los míos con ímpetu. Dos pupilas dilatadas me obligan a bajar de la barca. Como en dos planos simultáneos, desciendo de nuevo al lago, dejo al viejo que sigue rezongando y camino hacia la orilla.
-¡Eso, eso! Así… vamos chiquita…-ahora sus ojos sonríen con entusiasmo.
Vuelvo a sentir mi cuerpo. Muevo lentamente mi cuello y aparecen dos mujeres de blanco que afanosamente van y vienen entre jeringas, sondas y tanques de oxígeno.
-¿El viejo? –digo.
Sorprendida, vuelvo a oír mi voz. El terror permanece.
-¿Tu papá…? Afuera, esperando, estuvo toda la noche… –me contesta el médico, con la tranquilidad dibujándose en su mirada.
La voz reproduce la escena. Los planes para el transplante. Los posibles riesgos anticipados, las precauciones y la seguridad de que se haría lo imposible.
Aliviada, escucho los rebotes de mi corazón viajar por cada rinconcito de mi ser.

30.7.07

Relato de aeropuertos: ¿Dónde está la salida de emergencia?


¿Dónde está la salida de emergencia?


Juana Flores


La cola para embarcar fue una pesadilla. Cerca de una hora a paso de tortuga con un hombre inmenso atrás, que no solo carecía de la noción de “distancia mínima” para con un desconocido – en este caso yo – sino que además, hablaba al aire.
Al primer “hola” al oído, salté asustada como un resorte, mientras me daba vuelta para ver qué quería. Pero no; no era conmigo.
El tipo, con la mirada perdida más allá de los ventanales del aeropuerto, gesticulaba revoleando la mano libre en el aire. Pensé que en cualquier momento iba a ligarme un cachetazo de rebote e intenté apretarme contra la señora de adelante; fue peor, porque él también se adelantó, dejándome con poco aire y sin escapatoria.
Flaco, de nariz puntiaguda y ojos pequeñitos, pero grande; un esqueleto gigante adentro de una gabardina beige.
Al principio traté de tomármelo con humor interior. Pensé que sería un hombre de negocios e hice un cuadro veloz de su vida cotidiana en mi mente. Luego, pasé a observarlo en forma entre curiosa y fastidiada pero sobre todo apuntando directamente a sus ojos, con todas las esperanzas puestas en intimidarlo. Imposible; ni se inmutó. Mi mirada inquisidora tuvo cero efecto. Seguía ñeque ñeque, presionando una y otra vez su celular mínimo con el pulgar, como si estuviera haciendo zapping, solo, en el living de su casa.
Los auriculares eran casi invisibles. De hecho, me llevó algo de tiempo descartar la hipótesis del delirio y el panorama que se abría, entonces, dentro de un avioncito con este sujeto adentro.
Encima, no estaba solo. Lo acompañaba una mujer de tapado de piel, que iba y venía alcanzándole papeles para firmar, le recordaba con señas argumentos que el flaco estaría olvidando mencionar y que seguramente eran cruciales en el diálogo que estaba manteniendo, y sobre todo aprobaba. Aprobaba y festejaba con muecas. Una escena terrible.
Al rato me di cuenta de que el resto de las personas de la cola también pasaron de un fisgoneo veloz a verdaderos gestos reprobatorios sin tapujos.
El colmo fue cuando llegamos al interrogatorio del personal de tierra de American. Además de tener que tolerar reiteradas preguntas acerca de mi equipaje, de permitirles esparcir polvo pimienta por mi computadora y regalarles mi shampoo porque con esa cantidad de mililitros era posible fabricar una bomba e inmolarme en el aire en el trayecto de 20 minutos hasta Buenos Aires, había que seguirle el ritmo al monstruito este de al lado.
La chica de las preguntas - mezcla de agente secreto y muñeca inflable - se afanaba obsesivamente en mantener el protocolo, mientras él, al mismo tiempo, sostenía una discusión con una empresa de alarmas, en la que alzó realmente el volumen de su voz, les tomó el pelo, burlándose del pobre desgraciado que estaba del otro lado del tubo, de una forma que no hacía más que dejarlo en ridículo y crispar los nervios del resto de la fila. Él miraba a la multitud socarronamente, enfrascado, supongo, en el asunto de la alarma, y el resto, lo miraba con cara de espanto, escuchando la quinta llamada de embarque, pensando que lo único que les faltaba era perderse el vuelo por un imbécil.
Cuando finalmente obtuve mi tarjeta de embarque, salí corriendo como una loca y no paré hasta llegar al asiento del avión. Lentamente se me fue calmando el acelere cardíaco con el que venía, mientras meditaba si aquello había sido una prueba del universo o qué.
En eso veo entrar, algo encorvado, al buen hombre. Era más bien una nariz y una gabardina acercándose por el corredor. Me saludó atento y se sentó a mi lado.

20.6.07

Texto seleccionado de junio: CATHI



Cathi

Lea Bliman


Me acuerdo de los últimos días que la abuela pasó en el sanatorio.

Una tarde fui a quedarme con ella. Entregue la cédula en la recepción y caminé por el corredor largo que me llevaba hasta su cuarto. Antes de entrar, respiré hondo como para tomar coraje y empujé la puerta tratando de no hacer ruido.

La abuela estaba tendida en la cama con los ojos cerrados pero abiertos. Si uno la miraba detenidamente, veía debajo de los párpados una delgada línea de luz, una rendijita; como si quisiera dormir sin perderse nada de lo que sucedía afuera.

En el cuarto vacío lo único que se escuchaba era su respiración. Sonaba como un fuelle cansado, como una queja que salía de a bocanadas, cada pocos segundos. Caminé en puntitas de pie y me quedé parada junto a la cama mirándola. Así estuvimos un largo rato las dos muy quietas sin pronunciar palabra.

De pronto irrumpieron en el cuarto un par de enfermeras en medio de un gran escándalo. Empujaban un carro metálico con olor a hipoclorito. Hablaban entre ellas de una fiesta y una le relataba a la otra el inventario de todo lo que se había engullido; hasta el relleno de atún de los sándwiches. Yo las miraba y sentía que me faltaba el aire. Ellas iban y venían con una energía y una brusquedad que lastimaba aquel espacio silencioso.

- Vamos a higienizar a Cathi -dijeron al pasar. Y como si limpiar a la abuela fuera lo mismo que limpiar un baño, sacaron la sábana con un gesto violento y levantaron la túnica blanca que la cubría: debajo de la túnica apareció el vientre de la abuela hinchado por la voracidad del cangrejo.

La fregaron con una toalla húmeda sin mirarla, siempre hablando entre ellas. Primero le pasaron la toalla por la vagina blanca y mustia. Volvieron a humedecer el paño en una palangana y siguieron por las piernas. Por suerte la abuela en ese momento estaba muy lejos de la habitación, en otro espacio y en otro tiempo. Difícil de saber a dónde la transportaban esos viajes de morfina que le suministraban cada cinco horas.

Una noche se tapó la cabeza con las sábanas mientras gritaba aterrada, que en las paredes había pulpos que movían los brazos y la amenazaban. Hubo muchas pesadillas durante esas semanas pero creo que todos los infiernos eran más tolerables que el dolor que la hacía retorcerse cuando el efecto de la droga desaparecía.

Pero ahora la abuela estaba plácida, la boca entreabierta con una sonrisa descansada y un hilito de saliva que dejaba su huella y llegaba a la almohada.

Las mujeres pasaban el trapo mojado por las piernas surcadas de várices; levantaban las piernas y las dejaban caer como si fueran cuerpos muertos. Yo trataba de mirar sólo el rostro de la abuela y quedarme con su mueca de sonrisa pero los ojos se me iban al vientre hinchado.

“Está toda tomada”, fue lo que dijo el médico para hablar del monstruo.

No se atrevió a nombrarlo.

Relato de brújulas: Viaje de ida


Viaje de ida


Vesna Kostelich


Con menos pena que gloria, dejamos atrás la puerta giratoria del Bedford Hotel. Las maletas ya están en el baúl. Elisa sube primero y se corre hacia la derecha para hacerme lugar.

El taxista parece recién llegado de Nueva Delhi. Tiene el pelo rapado y canoso y un bigote delgado como un guión sobre los labios.

-Al aeropuerto, por favor- digo impostando un inglés y unas ínfulas que me quedan grandes.

-¿Al Kennedy?- pregunta Gandhi con sus ojos aceituna clavados en los míos desde el espejo retrovisor. Yo asiento con un ajá de diva y echo la cabeza hacia atrás, hasta hacer tronar las articulaciones de la nuca.

La conferencia terminó ayer y viajamos para unas vacaciones que empiezan en París y no sé dónde terminan. Todavía no puedo creer que voy a tener a Europa debajo de la suela de los zapatos. Sin embargo, actúo como si cruzar el océano fuera un trámite de rutina. Lo de siempre; por temor a los nervios y al ridículo, me hago la entendida y me pierdo la emoción del estreno.

A mi lado, con los lentes redondos sobre la falda y el palito de la máscara para pestañas en la mano derecha, Elisa trata de consumar el maquillaje inconcluso sin perder la vista en el intento. Me gusta viajar con ella. Tenemos el mismo malhumor introvertido por la mañana y nos respetamos solidariamente las manías de la convivencia.

Un poco hundida en los asientos de cuero blanco, me acomodo a la modorra del trayecto. Las personas conducen enfrascadas en sus pensamientos, tal vez escuchando la radio, pensando en el tedio del día o soñando con la Mona Lisa, como yo.

El cielo blanco me lastima la retina. Tengo que cerrar los ojos.

Recién reflexiono la pregunta del taxista media hora más tarde, en medio del intestino de tracto lento de la autopista. Saco mi boleto de la cartera y leo la hora de embarque y el nombre del aeropuerto. La duda me ablanda las mandíbulas. Me incorporo. Elisa me mira sin entender, con los ojos desmedidos tras los lentes.

Le tiro el pasaje a la vez que me inclino sobre el asiento delantero y pregunto con voz de chifle:

-Disculpe, ¿hay otro aeropuerto en Nueva York, además del Kennedy?

Me da dolor de estómago. Elisa no puede parar de reír.

Este es sólo el primero de la exagerada lista de vuelos perdidos de mi vida.


Relato de México: El mercado de San Bartolo


El mercado de San Bartolo


Ana Arjona

Domingo al fin. El mercado me está llamando a su fiesta.

Con el dinero en mi bolsita oaxaqueña y el mejor humor del mundo, me lanzo a su encuentro. La casa de altos permite divisar la feria como un cuerpo vivo; un río entelado, que baja o sube, según se mire, emparchado de toldos rosas, verdes y azules; un cauce torcido, arrevesado, angosto, que late en la calle San Diego esquina con Sol, en el que estoy ansiosa de sumergirme.

El aire húmedo y claro de la montaña entra en mis pulmones y se queda ahí, riendo, mientras una espesura de aromas y rumores pugna por llegar.

Bajo los escalones ásperos de piedra volcánica; atravieso el patio salpicado de deposiciones y plumas de palomas de las viejas palmeras; llego al gran portón de madera con marcos de hierro azul Francia; quito la tranca y cede con una fanfarria de trompetas. Gira moroso sobre los enormes goznes. Salgo y se cierra detrás con estruendosa salva de aplausos.

Allí está. Doy apenas dos pasos, y lo alcanzo. Entro en el túnel caliente y palpitante del tianguis.

La gente va y viene lenta, casi tocándose.

-Con permisito...

Tomo mi puesto en el río que sube. Otro río baja. San Diego es de pura piedra y muy escarpada. Apenas queda espacio para que esta marea pueda fluir.

Pie con pie ando, detrás del chongo apretado de la señora que envuelta en su rebozo azul con rayitas grises, lleva un niño gordito de la mano.

Voy mirando todo, a izquierda y a derecha.

Sobre mi cabeza un cielo de colores que el sol aviva con locura va de pared a pared. Todo lo que está por debajo murmura. La feria es un universo ronroneante.

Siento el calor de la doña, su transpiración de vieja, la voz aguda del niño pidiendo algo. Se detienen, avanzan, y yo pegada a ellos, chocándome cada vez, contra el sombrero blanco de ala ancha del chaparrito.

-Diga marchantita, ¿qué le ofrezco?

Una avalancha de verduras me asalta: desparramadas acelgas; lechugas encrespadas; pilas extensas de lustrosos jitomates; polvorientas jícamas; zanahorias rojas, amenazantes; promiscuos atados de cebollines; agudísimas betabeles; gustosos pepinos; cebollas blancas y moradas, quitándose sus enaguas de papel de seda, mientras otras, partidas ya al medio, casi derrotadas, se desquitan irritándome los ojos. La nariz comienza a gotear, el estómago a pedir cancha. Toco al pasar la piel dura y rugosa de los aguacates violáceos, enseguida la suavidad de los verdebrillantes. Algunos están a punto y despiden el olor untuoso que me excita. El vendedor me mira molesto y protesta:

-Pos ¿lo anda llevando o nomás tocando?

Yo ya estoy perdida en el puesto siguiente, donde en bellas canastas de paja
la voz oscura del cilantro, la salvia refrescante, el orégano invasor, el epazote, las ácidas vainas de tamarindo y el picor del tomillo, hacen el bajo fondo de marimba a los distintos chiles. Morados, rojos, verdes, amarillos, abotagados, torcidos, arrugados, brillantes, frescos o secos, guardan en apenas unos centímetros, la maravilla de la cocina mexicana. Son picosos, afrutados, sabrosos. Tiñen el lugar donde moran. Misteriosos y afrodisíacos, son todo lo que uno quiere que sean. Se desparraman y me gritan obscenidades para que los lleve a la casa. Me río, me tropiezo con algo y abajo, a ras de la calle, una anciana me está mirando y se sonríe también. Está en cuclillas y cuida las pilas de tomate verde, los nopalitos en forma de abanico, los rábanos coloridos, las ramitas de apio. Hace montoncitos. Ofrece.

-¡A diez, todo a diez!

Me niego con los ojos. Ella entiende. No pierde su bonhomía.

-Elotes, nuevecitos...mire güerita, mire que preciosura-y uno no sabe si están de galanes o de vendedores. Los elotes también sonríen.

Con escaparate y todo, el siguiente puesto muestra los quesos que regalan sus olores a troche y moche. Los vendedores están prolijamente vestidos de blanco y llevan paliacates en la cabeza, como acentuando la imposible asepsia.

-Hoy el panela es de primera -oigo decir, pero a mi me enloquece el oaxaca. Esa bola de queso fibroso, salado, maravilloso, que se desenreda como madeja y es el número uno en las quesadillas. Mmm. No más pensar en ellas y me topo con el repiqueteo del aceite en el sartén chato que parece un tambor. La señora gorda y risueña, con las trenzas apretadas de tan pulcras, y el delantal de voladitos, está armando las tortillas a la orilla del comal. Vuelan las manos palmoteando la masa, que gustosa se deja sobar por tanta antigua experiencia.

-Quesadillitas, gorditas, tortillitas, tostaditas, taquitos... -canta casi, y sus diminutivos son tan cariñosos que de sólo escucharla se me hace agua la boca. Ahora sí empieza la compra.

-¿De maíz blanco o negro? -pregunta.

Estoy en el punto más alto de la feria.

Vuelvo a tomar contacto con el pueblo. Frenan taxis, chillan los niños, los perros se persiguen, vuelan las campanas, se escuchan los pájaros, suenan las sierras.

Miro hacia atrás y la calle es como un pequeño barranco, un precipicio civilizado que recorreré casi sin darme cuenta, afirmada en las caderas y espaldas de los otros, en la proximidad de su calor humano.

Me quedo parada el rato suficiente para saborear, mordisqueando lentamente, el incomparable gusto de la quesadilla verde oscura.

La boca se pone espesa y se llena de pasión. La lengua se desenvuelve a gusto.

Hay gritos y bufidos. Debo volver a la marea para que siga su curso.

Arranco hacia abajo. La dulzura vuelve almibarado el aire. Una montaña de naranjas perfectas como soles gotea desde su media muestra herida; las piñas dejan huir la miel de entre sus afiladas púas, y las papayas, abiertas como estrellas, muestran impúdicas su interioridad de negras y húmedas pepitas. El trópico desenreda su esplendor en espesos mameyes, planetarias toronjas, cerezas ruborosas, melones aromados, jugosas uvas, plátanos como enormes paréntesis, frescas guayabas, mangos de fibra exuberante, exóticas manzanas, austeras limas, platanitos mínimos. Me penetra su coro de sabores y olores. Desafinan y afiatan, me gritan y modulan. Elijo de estas, estas, estas. La bolsa se dilata, se empacha, se embaraza de frutos.

Bajo lenta, agobiadamente perfumada.

-Fajitas, cecina, carne de res, de puerco, de pollo...

Ahora no quiero saber nada del carnívoro olor que se adueña del aire y del machacón golpe de las cuchillas sobre las blandas tablas de madera.

Vendré más tarde, pienso.

Con el rabillo del ojo, alcanzo a enamorarme de los cazos de barro cocido y pintado, que una muchachita oscura apila con descuido, sordamente.


17.5.07

Texto seleccionado de mayo: DAMIEL Y LA TRAPECISTA





Damiel y la trapecista

Vesna Kostelich


Crecerán alas nuevas
en lugar de las viejas alas.
Der Himmel über Berlin


La descubrí en la penumbra, sentada al final de la barra del bar (no fue como la primera vez, cuando ella volaba en el trapecio; entonces creí que era un ángel). Ahora estaba sola, sin aparejos ni disfraces y no parecía esperar a nadie. Miraba sin ver hacia un lugar remoto detrás de los espejos.

Azul de luz negra, la melena caía hacia un costado en la misma dirección que la mueca de su rostro. El lugar estaba lleno; algunos chocaban con su cuerpo como con un obstáculo. Pero aquella mujer no se molestaba, se dejaba sacudir blanda y quieta como una muñeca de trapo.

Me pareció más triste que todas las mujeres tristes que había visto en la historia de la humanidad. Pero ya no podía oír sus pensamientos como antes. Parado a sus espaldas, cerré los ojos y escuché el lenguaje de su aroma. Me dije que daría la eternidad por comprender ese idioma ácido y primitivo.

Sin atreverme a tocarla, me asomé por encima de su hombro.

Ella hacía girar el líquido en el vaso. Y yo, que fui testigo de la explosión de vida en los océanos, que conocí el enigma de las profundidades, sentí que podía ahogarme en la marea ínfima de aquel cristal.

Sabía su nombre y su biografía, había visto uno por uno los fotogramas de sus recuerdos; registraba el número de sus cabellos y la geografía oculta de los lunares de su piel. Sin embargo, todo en ella era un misterio.

Mis pensamientos flotaban en silencio y se perdían en serpentinas hacia ninguna parte. ¿Cómo decirle que había dado el mayor salto mortal que un ángel puede dar?

Al mismo tiempo supe que me faltarían las palabras y que a veces no son necesarias. Fue cuando en el espejo nuestras miradas se encontraron.

Me quedé pegado a su espalda. Ella recostó su cabeza en el hueco de mi cuello.

Pasó un instante. O el infinito, no lo sé.

Jamás, hasta ese momento, había tenido miedo de morir.

Relato de abuelas: De tu mano


De tu mano

Juana Flores


“Es hora de ir a dormir”, me dijo la abuela. Hace un rato, ella me había bañado y ahora yo estaba en el cuarto de la tele sentada en uno de los sillones verdes.
Se me cierran los ojos. Siento la mano de la abuela que tironea de la mía. No llego a bajar al piso; el tirón solo me arrastra un poco hacia delante del sillón haciendo que mis rodillas se flexionen. Es que tengo tanto sueño que se me cae la cabeza. Debo hacer un gran esfuerzo por estirar el otro brazo en señal de súplica. Por suerte ella comprende y me alza. Es fácil prenderse a la abuela; ella me sostiene la cola y yo me abrazo a su cuello, apoyo la cabeza en su hombro y me olvido de todo. Me encanta viajar dormida a upa sintiendo el perfume de la abuela. Lo malo es que se termina.
Ya llegamos al dormitorio de ella y del abuelo, y me baja al piso. Hay que tender la cama. Intento ayudarla parándome contra a la mesa de luz y sostener las sábanas cuando ella las lanza volando desde la otra punta del colchoncito. Después de las dos sábanas, viene una frazada y por último, una colcha de colores.
Salto a la cama grande y me meto adentro. La abuela me mira con cara de reprobación pero ya no discute; sabe que no voy a acostarme hasta que ella no se ponga el camisón, vaya al baño, se saque el collar de perlas frente al espejo de la cómoda y me diga: “bueno, ahora sí vámonos a dormir”. Ahí empiezo a prepararme. Todavía falta buscar el vaso con agua en la cocina, apoyarlo en la mesa de luz y sentarse al lado mío. Entonces le doy el lugar y me paso a mi cama de colores en el piso. Ella se toma alguna pastilla, se estira boca abajo, me da la mano y apaga la luz. Así, de la mano de la abuela, yo me duermo.

* * *

La abuela me había obligado a acompañarla al supermercado.
Mientras ella se pinta los labios gruesos en el espejo, yo me abrigo a regañadientes observándola. Adentro de mi uniforme gris, me siento un escuerzo; es decir, algo desconocido, mezcla de flacura y fealdad al que se parecen todas las flacas feas de las que habla mi hermano con desprecio.
Caminamos los pocos metros que nos distancian del lugar e ingresamos al enorme galpón de luz brillante. Si miro al frente, intentando seguir a la abuela que, de tanto en tanto, manotea alguna cosa hacia su canasto de plástico amarillo, los colores frenéticos de los productos en las góndolas se transforman en un solo gran color indistinguible. Ella, además, habla. Habla todo el tiempo y pretende que yo le responda; pero su voz intermitente de puntadas histéricas, se pierde en medio de los carros metálicos, las pastas de dientes y los algodones.
De pronto, la veo cuchicheando con un joven vestido de blanco. Siento una vergüenza infinita y me mantengo alejada. Luego la abuela me mira por un segundo y masculla un callado “dale, vení” alzando las cejas. Los sigo a los dos, que ágilmente y en fila india, esquivan gente como se sortean obstáculos en el primer nivel de un videojuego malo. El destino es una pequeña puerta escondida tras unas palmeras falsas que adornan la zona de las frutas, con un cartel que dice “privado” y que el joven de blanco amablemente abre para nosotras.
Es un baño. Entramos a la piecita y cerramos con tranca. Quedo atónita mirando a la abuela. Ella, sonriente, saca del bolsillo de su tapado rústico una caja azul y blanca con un Ricardito adentro. Sin emitir comentario, abre la caja, descubre el aluminio que recubre al enorme bombón, lo mira por un instante y se mete medio merengote bañado en chocolate en su gran boca roja. Mientras lo saborea con bigotes blancos y ojos cerrados, estira el pedazo sobreviviente hacia mi cara intentando hacerme cómplice de todo aquel asunto. Apenas alcanzo a comer algo del postre, que ella ya me lo está arrebatando entre risas y muecas de silencio. Devora y dice “shhhh”, al tiempo que tira de la cisterna y arruga el envoltorio en su bolsillo.
Al salir del cuartito, noto incrédula los restos delatores en las comisuras de sus labios. Súbitamente tomo coraje, agarro a la abuela de la mano y le agradezco al joven de blanco por la gentileza. Nos perdemos nuevamente entre las góndolas.

* * *

Papá estaciona el auto de punta contra la vereda a rayas. El día está despejado y el mar, frente a nosotros, tranquilo. No es verano aún. Al descender, siento el aire frío en la cara y me cierro la campera hasta el cuello.
Caminamos unos metros en silencio hasta encontrar la primer escalera que comunica con la arena de la playa querida. Al llegar a la orilla, nos reunimos alrededor de la pequeña caja de metal que mi tío transporta cuidadosamente. Cuando la abre, yo tomo dos puñados de abuela.
Me alejo de los demás y camino con ella en mis manos. Vamos juntas, de la mano, ella chiquita y enorme, yo solo chiquita. De a poco logro alzar la vista: a la derecha la ciudad, a la izquierda el agua. No quiero soltarla y camino. Doy la vuelta como cuando uno sale a pasear de vacaciones y sin una razón clara en cierto momento gira y vuelve a su sombrilla. Ahora puedo ver a los otros. Cada uno se desprende de la fracción de polvo lascoso que había agarrado. Vuelvo a girar; no quiero verlos.
Me acerco al agua y junto mis manos a la altura del pecho. Me despido de la abuela. Después, en algún momento, abro mis manos y la veo volar lejos.


* * *

Primero se me apareció en medio de la noche. Me desperté sobresaltada y sudorosa, tanteando a oscuras la mesa de luz. Algún pensamiento oculto me había dejado un hueco en la mitad del pecho y esa sensación de guerra perdida, de cansancio en cada músculo. Al encender la lámpara, busqué desesperada adentro del cajón, como un ladrón que no conoce lo que revuelve; sin cuidado ni amor fui desprendiéndome de papeles, cartas, remedios, hasta que di con el collar de perlas de la abuela. Estaba ahí suelto en medio de aquel basural infame, brillando. Una víbora pura y blanca, poderosa, que tomé entre mis manos segura de que me cuidaría el sueño.
Apenas dos días más tarde, sentí vibrar el teléfono dentro del bolsillo interno de mi abrigo. Fue una especie de cosquilleo a la altura del corazón al que no pude responder a tiempo. Mientras el quiosquero me daba el vuelto, yo me apuraba en abrir los botones rústicos de lana sin éxito. “Abuela”, señalaba la llamada perdida en la pantalla verde fluo. Guardé el vuelto y me quedé ahí parada en la esquina más ventosa del barrio con el Ricardito recién comprado en una mano y el teléfono en la otra. Mientras intentaba reconstruir con mi mente quién era que se había quedado con ese número, mi corazón tomaba unas dimensiones desconocidas, latiendo ruidosamente, tanto que tapaba los bocinazos frecuentes del tránsito de las 6 de la tarde.

* * *

La avenida que bordea la playa querida está vacía. Sentada en el auto, soy como el vino que se transporta por una cinta adentro de una única botella circulante. Al llegar a la escalera, apago el motor y desciendo.
La humedad infinita del día se vuelve llovizna y una agüita fría va mojándome la cara, el pelo, las manos. No me importa; hace días que la abuela me viene llamando.
Enfrente el horizonte es difuso, los grises azulados y plomizos se confunden, se unen en un solo gran movimiento. Cierro los ojos y escucho. El mar con su ronroneo eterno y sus bramidos repentinos, las gotitas golpeando mi campera, muriendo en la arena, perforando la superficie del mar. Por un momento me olvido de mí; no hay calor en mi cuerpo ni pensamientos, solo mis piernas que insisten en sostenerme y la resistencia de mi piel al viento salado.
Todo empezó con un hormigueo diminuto en la punta de los dedos, algo así como el inicio de un calambre generalizado y sutil. En lugar de inquietarme, volé al recuerdo de una foto pequeña en la que la abuela me festejaba con risas y palmas, un baile arriba de suecos de madera, con labios pintados y pañuelos de colores atados a la cintura. Esa foto me llevó a otra que tal vez estuviera al lado de la anterior en la biblioteca, o arriba, una de mi adolescencia en la que aparecía ella sola leyendo un libro bajo un árbol en el balneario. Pero eso me condujo al balneario y a la biblioteca y al olor de la manteca derretida sobre los scones calientes a la hora del té. El hormigueo ya es un estremecimiento fuerte, casi un temblor en las manos. La abuela está ahí, la siento en mis manos mojadas. Un calor me recorre el pecho y es como si nos abrazáramos bajo la lluvia.
Luego, desaparece. Al abrir los ojos, me asusta el frío. Antes de correr al auto, observo mis manos heladas, arrugadas y me doy cuenta de que ellas sí lloran.

Relato de camillas: Sangre


Sangre

Gora


“No exageres”, se decía a sí misma, “no puede ser tan doloroso. Cuanto más pienses en ello más va a doler.” Pero enseguida la sensación de una cuchilla raspando una herida abierta en lo más íntimo de su ser le nublaba la vista como un fundido, como un telón negro delante de sus ojos y chispas que saltaban de un lado a otro. Insoportable simplemente.
-Ya está -le dijo el médico, justo cuando creía estar a punto de desvanecerse. –Que guapa sos, ni un solo grito, impresionante.
Ella bajó de la camilla y al sentir que sus tontas piernas no le respondían, tomó asiento en el sillón más próximo. Él le acercó un vaso con agua a la vez que depositaba una cucharada de azúcar debajo de su lengua.
-¿Te sentís bien o te quedás un rato? -le preguntó sin mirarla.
-No, me voy –respondió sin titubeos.
Bajó las escaleras como si nada y salió del edificio. Hacía calor y estaba nublado. “Tengo hambre” pensó, “mucha hambre”. Fue tan rápido todo que no había tenido tiempo de desayunar aún. Comenzó a deambular sin dirección preestablecida y a los pocos minutos ya estaba mareada. El vapor del asfalto la asfixiaba. Las siluetas humanas iban transformándose en sombras cada vez más indefinidas. Al principio sentía el arrastrar de sus pies, luego tuvo la sensación de ser transportada por un cuerpo que ya no era el suyo. Todo daba vueltas, creía ver a través de un lente fuera de foco. Sintió nauseas y comenzó a acelerar el tranco, trató de poner los pies en la tierra, reconocer su entorno, tomar conciencia de sí. Sólo quería llegar, desaparecer del tumulto. Sentía el calor de la sangre que manaba con fuerza como una catarata. “¿Y si estoy haciendo el ridículo?” pensó. “Capaz que voy goteando y no me doy cuenta”. El barullo infernal de coches, bocinas, gente, no le permitía pensar con claridad. En medio de la confusión vio un ómnibus y siguiendo la corriente de una masa indefinida lo tomó. Temía que algo le pasara, que su cuerpo traicionara su mente y le impidiera llegar a destino.
Cuando bajó del ómnibus su malestar era el mismo o peor, pero la tranquilizaba el hecho de estar cerca de casa. Sombras de niños, perros, bicicletas se le cruzaban por todas partes; al no poder ver con claridad, no le quedaba otra más que caminar despacio.
Al llegar Gabriela la retuvo con fuerza; la angustia de la espera se acrecentó al ver a su hermana hecha un despojo humano, pálida y con los ojos desorbitados. Ella volteó la mirada y con suavidad se sacó de encima las manos que la sujetaban. Entró a su cuarto, se cubrió de pies a cabeza y deseó, como nunca, dormirse para siempre.

14.5.07

Relato de hormonas: Souplesse


Souplesse


Lea Bliman


Subí la escalera en penumbras a toda velocidad, saltando los escalones de dos en dos, mis piernas volaban mientras yo iba desabrochándome los botones de la camisa. Era una escalera empinada de mármol, de esas casas de 1930 muy venidas a menos, con olor a humedad y a transpiración metido en las paredes. Llegué arriba enloquecida, empujé la puerta que estaba entreabierta, como un caballo cuando va de vuelta a su establo y nada lo detiene. Atravesé la recepción corriendo e irrumpí en el vestuario. En la pasada alguna de mis antenas intuyó la presencia de Susana con su enorme cuerpo, ocupando un espacio desmedido junto al pequeño escritorio. “Su” la llamábamos todos en la Academia. Ella también fue bailarina -una del montón- hasta que un día, cansada de las dietas y las balanzas, empezó a comer chocolates y más chocolates y después ya no pudo parar.
Yo traía la malla negra debajo de la ropa. Tiré los suecos en un rincón, me saqué el vaquero que se pegaba contra la malla y no quería bajar; hice un atado con lo que traía puesto y lo amontoné en un canasto que había para la ropa. Luego tenía que hacerme el moño: la prueba más difícil de superar en los diez años de ballet. Hebe, la Directora de la Escuela, nos decía que el moño bien tirante era lo que mantenía perfecta la sonrisa fingida de las bailarinas. Primero me coloqué la vincha negra y ancha en la que quedaban atrapados todos los pelos rebeldes que tanto la irritaban a ella. Después me hice la cola de caballo que como siempre quedó un poco torcida. Pero ese día no tenía paciencia de volver a hacerla. La levanté tal como estaba y la enrosqué en forma de caracol con unas horquillas.

El moño quedó hecho. Me miré al espejo y vi a una bailarina. Respiré hondo como si me preparara para salir al escenario en un teatro lleno y pasé al salón.
Ricardo estaba allí estirando toda su belleza sobre la barra, de espaldas a la puerta. Habíamos acordado encontrarnos dos horas antes del ensayo general. El olor del salón era el de siempre, una mezcla de naranja y kerosén, que salía de la estufa con la que se entibiaba el ambiente. Nos saludamos en el espejo, de lejos. Hacía un par de semanas que Ricardo había llegado de Buenos Aires para preparar una coreografía con música de Piazzolla junto al cuerpo de baile de nuestra Escuela.
–Vengo saltando baldosas y escalones –le dije todavía agitada–, así que no necesito calentar.
–No hagas tonterías –contestó asumiendo el rol de profesor, y yo pensé que era capaz de hacer cualquier tontería si me quedaba con él un rato más.
Ricardo tenía los brazos apoyados en la barra y me mostraba la espalda, apenas cubierta por una musculosa negra. La espalda ancha se insinuaba lampiña, con una piel suave, de color aceituna que daban ganas de dormirse allí, los hombros redondos y firmes. Era un cuerpo que despedía tanta sensualidad que me hacía temblar.
Lo obedecí y apoyé mi pantorrilla sobre la barra de madera y la dejé deslizar. Él envolvió mi tobillo con su mano fuerte y lo levantó hacia arriba. Lo sostuvo así unos segundos, en silencio; yo trataba de que no me temblara la pierna. Luego con mucha suavidad, como si se tratara de algo frágil, lo volvió a dejar sobre la barra.
Dio unos pasos hacia atrás y desapareció por unos segundos de mi campo visual. Lo sentí parado detrás de mí, con todo su ser masculino mirándome. El calor me devoraba parada. Las manos transpiradas seguían aferradas a la barra, como si fuera lo único que me mantenía en pie.
–Cambio de pierna –me dijo poniendo distancia con la voz.
Sin mover un músculo de la espalda, bajé la pierna derecha y apoyé la otra pantorrilla suavemente en la barra.
Lo escuché colocar el cassette y enseguida irrumpió la música de Piazzolla llenando el salón, empujando a los cuerpos a moverse.
Nos paramos frente al espejo. Yo estaba acalorada como si hubiera ensayado durante horas sin parar.
–Souplesse –me dijo él subrayando las eses–. Vamos, tirá la cabeza bien hacia atrás, sin miedo. Acá estoy si perdés el equilibrio.
Colocó el brazo a la altura de mi cintura sin rozarme; a veces el deseo se vuelve tan espeso que parece que puede tocarse con las manos.
Me dejé ir completamente, doblada como un junco por la cintura, con todo el peso de mi cuerpo en su brazo. La sangre se fue a la cabeza y lo último que vi fueron los tablones largos de pinotea del piso.
Me desperté con los ojos negros de él que sonreían con un gesto de paternidad.
–¿Volviste? –dijo, aliviado. Sentí su mano acariciándome el pelo.
–¿Esto, técnicamente, es un desmayo? –pregunté.
–Digamos que sí, te debe haber bajado la presión.
Me sentía floja pero bien; distendida. Quizás fue gracias a ese estado medio grogui que me animé a decirle que lo que me descompensaba era estar con él, a solas en un salón, rozándonos y sintiendo su respiración húmeda en la nuca. Que si él no tomaba la iniciativa de pasar la línea del ensayo me iba a enloquecer o a desmayar otras tantas veces. Mientras yo hablaba con una audacia inédita para mi habitual timidez, como si me hubiera tomado varios whiskys, él me miraba con cara de buenote; algo parecido a un pediatra asistiendo a un niño con dolor de panza.
–¿¿Quéé?? Es que no pue-do-cre-er lo que me estás diciendo –contestó con una dicción exagerada–. No puedo creer que no lo sepas, no lo disimulo para nada, se lo digo a todo el mundo. Hebe lo sabe y supongo que casi todas las chicas lo saben –me decía esto en un tono de disculpas penoso.
Yo lo escuchaba y una parte mía pensaba que debía pararme y salir corriendo como una tromba del salón, avergonzada, pero estaba tan a gusto allí tirada con aquellos vasos de whisky que nunca tomé, que no quería levantarme. Seguía en el piso boca arriba, disfrutando de Piazzola y riéndome para adentro de que estaba completamente despeinada. Se me había desarmado el moño con la sonrisa de bailarina incluida.

Relato de casa fría: Día primero


Día primero


Vesna Kostelich


Bajó del taxi y no le importó hundir el zapato en la zanja. Levantó la vista y ahí estaba. Ya no era su casa. Aunque fuera el lugar donde vivía desde hacía más de treinta años. No era tan grande, pero le pareció aplastante, todo el gris del mundo sobre su propio gris. Soberbia, imperturbable, gélida; no imaginaba un solo lugar allí en el cual pudiera descansar; pero no tenía otro adonde ir.

La reja cedió de mala gana a la vuelta de llave y la puerta, como un cuervo, la recibió con un graznido.

Atinó a quitarse el abrigo pero volvió a cruzarlo sobre el pecho; adentro hacía más frío que en la calle. Le dio pereza encender la estufa así que se conformó con las cuatro hornallas de la cocina abiertas al tope. El siseo del fuego se disolvió en el silencio al volver a la sala. Todo estaba como lo había dejado, como si el tiempo se hubiese detenido: el costurero sobre la mesita vomitando inmóviles carretes de hilo, las tazas de café medio vacías, las masitas fofas, sin tocar.

Subió las persianas hasta la mitad para restarle oscuridad a la humedad. Pero fue inútil. La helada parecía haberse colado por los cimientos.

Se sentó en la silla de cuerina con las piernas juntas y las manos sobre las rodillas, como si estuviera de visita. Todo estaba igual y sin embargo, ella era otra.

La mancha de humedad en la pared le recordó vagamente su vida hasta entonces. Casi pegado al cielorraso, reconoció el rostro verde oscuro con el cuerno como algo propio pero muy distante.

Desde la cocina, la caldera empezó a chillar ridículamente enfurecida. Se levantó de un salto y corrió a apagarla como si quisiera evitar que alguien se despertara con el escándalo. Pero estaba sola en la casa.

Lentamente, robándole un gesto al pasado, empezó a vaciar la yerba dura y negra del mate viejo.

Relato de otoño: Noviembre


Noviembre



Ana Arjona



El renacer, porfiado, se repite.

Deambulo desasida por los jardines. Es noviembre.

Cargo la bolsa con los guantes, la tijera de podar, el serruchito chico. Llevo también la escobilla y el nylon- un trozo del antiguo invernáculo, restos de una gran nave naufragada.

Dice C. que este uso del nylon es uno de mis dos mejores inventos.

Cuando me detengo frente al macizo de strelitzias y finalmente encaro despojarlo de sus hojas y sus flores marchitas, he desplegado el nylon para echar sobre él la poda que al caer resonará como lonjas de metal opacado. Allí voy juntando el esplendor que fue. Las lanzas verdeazuladas de las hojas, las soberbias corolas, aves del paraíso, desafiantes de pájaros terrenales, son hoy sólo tiras marchitas de marrones rojizos.

Todos los colores se tornan castaño cuando la savia deja de latir en sus venas. Cuando sucumben.

Giro y me enfrento a la palma que despliega sus duras hojas como enormes manos plumíferas, deshilachadas. Son de un verde tan tierno porque quieren ocultar sus poderosas garras, esas mandíbulas traicioneras, esos colmillos de madera curvada, lacerantes, al final de sus tallos.

Me acerco y veo, encubiertas en la parte más baja del tronco, dos de esas manos que se han rendido al tiempo y se inclinan amarillentas hacia el suelo. Tan violenta es la sensación de su esbeltez en el aire de la tarde y en el brillo de sus abanicos altos; tanta derrota hay en sus hojas viejas; tanta determinación para morir.

Cruzo el camino ancho que separa el jardín oscuro del laberinto y busco los macizos florecidos de retamas, salpicados y perlados de margaritas del campo, de olor fuerte, casi desagradable. Ellas inventan ese mar alto y blanco, espumoso, que se mece en la brisa. Aunque me parezca raro, están iguales a sí mismas. Crecen y se multiplican apasionadamente.

Nada las detiene.

No habría cómo.

En realidad es bueno que todo estalle como cada año.

Podría pensar en un ceremonial de la vida que se perpetúa.

Tal vez podría hasta pensar, que aquella que las amó y disfrutó, esté sumándose a este mismo revivir.Y me haría bien.

El sol, inexorable, sigue su curso. Ahora le toca pintar desde el oeste con crestas doradas y brillantes, el yuyal que se hamaca gozoso. Si me tendiera allí, en medio de sus surcos; si me taparan con sus mil y una delicadas formas, presiento que sus voces me susurrarían palabras y campánulas, corazoncitos bailadores, brochitas de penachos, alentándome con su belleza para que no olvide que esta luz que va a morir despidiéndose sangrienta, alumbrará mañana.

Los cipreses, los arces rosáceos, los ceibos, las copiosas anacahuitas, me enredan su energía como un collar alado.

Percibo su piedad vegetal. Me abrazo a sus troncos, a sus cuerpos.

A cada uno.

Hurgo en sus corazones. Los siento próximos. Les hablo. Me consuelan.

Hace rato que las herramientas quedaron tiradas sobre el nylon,

al lado de una pila de desfallecientes mástiles y banderitas .

Cruzan los pájaros, los de siempre, el mismo cielo.

Buscan sus exactos nidos. Me anuncian y saludan. Se vuelan cerca o lejos.

La tarde cae.

Es difícil a veces sostener el corazón.



16.4.07

Texto seleccionado de abril: LA CIUDAD (fragmento)



La ciudad

Ana Arjona

(avance de texto)


Había una ciudad enfrentada al mar.

Una ciudad pequeña, condensada, azul en el recuerdo, abrillantada de tanto sol ardiente.

A la que se ama desde el primer contacto, irremediablemente, asumiendo su historia como propia.

El mar había horadado con múltiples lenguas verdes y azules sus contornos hasta formar la caprichosa rambla que después de millones de años para volverse arena, la civilización aprisionó bajo enormes piedras rectangulares de granito rojo.

A mi me gustaba caminar por su honda cintura, por su límite acuoso.

Entre el mar y yo, un murallón arrancaba de las profundidades y subía negro de mejillones y brillante de espumas hasta sobrepasar la altura de la vereda por algo más de un metro. Era ancho, ancho, tan ancho como para dejar detrás mis vértigos.

Un aire húmedo y salado trepaba silencioso adherido a la muralla; me asaltaba de pronto con sus viejas fauces echándome su aliento a cementerio de piratas. A veces, sólo una lluvia, un abanico de gotas. Otras, un chaparrón voluptuoso en forma de caracol que me desafiaba a seguir el camino. Yo fascinada accedía, entrando y saliendo por su túnel caliente de vidrio.

Sólo debía evitarlo cuando furioso cambiaba de color. Entonces bramaba desde sus cisuras profundas y se levantaba a lomos del viento tormentoso, aullando, clamando, tal vez, por algo alguna vez perdido en tierra.

"Quien hubiera perdido un amor, podría llorar tempestad semejante", me encontraba pensando.

Pero al volver la calma, el camino empedrado salpicado de pocitos de agua de efímera vida, de pequeños espejitos fragmentados, me volvía a llamar, estirándose por toda la ciudad.

Nunca pude resistir su llamado.

Solía llenarse de paseantes apiñados o solitarios; de estudiantes de música que cargando a hombros los instrumentos, o llevándoles en las manos, según fuera, iban a desplegar sus alegrías hacia los más variados hoteles de la costa. Gente alegre con ritmo en la sangre y oscuridad en la piel. Muchas gentes. No daban los espacios para contener tantas risas, gritos, enojos, cuchicheos y correteadas, tanto colorido visual y sonoro.

Siempre la preferí en calma, casi desolada, con el agua como recurso último de una tristeza antigua.

Recuerdo cuando en un recodo de la rambla descubrí por primera vez la ciudad vieja y sus dos imponentes castillos, uno en cada punta de la gran bahía. Los muros a pique, los altos torreones y las almenas siempre abiertas a otear el horizonte en busca de noticias. A los pies, y tres escalones por encima de la calle, las plazuelas de la misma piedra blanquecina, con sus fuentes hermanas rodeadas de verjas bajas, austeras. Cipreses italianos de troncos centenarios se elevaban girando sobre sí mismos. El estruendo del batir de alas de palomas que en bandadas se alejaban de los espesos pinos; los desmayados chorros de las fuentes que dejaban flotando en los contornos una música tenue, delicada; mis pasos resonando. El aire parecía venir desde otros tiempos. Supe que alguna vez había vivido entre esas piedras.

* * *

Los ancianos castillos habían sido transformados en hoteles. Alquilé una habitación con balcón, en el que daba al sur de la ensenada. La recepcionista me miró y preguntó:

-¿La señora sabe acerca de la leyenda?

Me reí. Y le contesté:

-Ya tendrá tiempo para contármela.

Subí los sesenta escalones deseosa de reconocer la maravilla del paisaje que se abriría a mis pies.

El mar lamía lento allá abajo. Subía su murmullo encantado y la habitación era un sueño viajando en lo alto del mundo. Tenía una ancha, enorme cama con sábanas de lino blanco. El mismo material colgaba en las cortinas que mecía rebelde el viento de la tarde. A los pies del lecho, una banca de madera clara y asiento tejido. Sobre ella, displicente, una manta de telar indígena de tonos rojizos y negros. En el techo giraba lento un ventilador, también de madera, pero oscura. Las paredes blancas con pequeñas luces indirectas a los costados de la cama, completaban una atmósfera calma y veraniega, despojada y suave, enormemente seductora. La ciudad era algo muy lejano que apenas me rozaba.

Me quité las sandalias. La aspereza y el frescor de la piedra me emocionaron. Acudí al balcón para poder sentirme dueña total de aquel espacio en el que transcurrirían mis vacaciones. Un horizonte violeta engullía la moneda quemante del sol que antes de morir, destelló sus mejores luces inaugurando estrellas. Me dejé inundar de inmensidad.

El baño, desapercibido detrás de otra cortina blanca, era un pequeño refugio de frescura. Olía a sal marina y a hierbas. Tomé una ducha y luego me envolví en un blanco toallón que absorbió toda la humedad de mi cuerpo. Lo dejé caer a los pies de la cama y me acosté. A la mañana ordenaría la ropa. Me sentí acunada y descansé como cuando era niña, sabiéndome protegida y cuidada.

(foto de Kees Terberg)

5.4.07

Un miembro honorario, espiritu guardian...



No sé utilizar paraguas. Cuando trato de hacerlo tengo líos, sucede que me meto en charcos o me tropiezo con cosas por vigilar que la parte superior no se enganche en otros paraguas o en salientes de las paredes, en árboles o en personas, o bien lo contrario, me ocurren accidentes aéreos mientras vigilo los pies. Es una mala experiencia, y no puedo comprender cómo la humanidad no ha superado el paraguas. Yo trato de hacerlo, o bien usando una gorra y una campera impermeable o, en la mayoría de los casos, quedándome en casa cuando llueve. Es lindo ver llover desde mi casa, un tercer piso con un ventanal muy amplio. Y no sólo es lindo ver llover, sino mirar cualquier cosa que suceda en la calle, o incluso cuando en la calle no sucede nada, de noche, nada humano quiero decir, porque con los árboles siempre hay un diálogo posible.

Mario Levrero (de El alma de Gardel, Trilce, 1996)