14.5.07

Relato de hormonas: Souplesse


Souplesse


Lea Bliman


Subí la escalera en penumbras a toda velocidad, saltando los escalones de dos en dos, mis piernas volaban mientras yo iba desabrochándome los botones de la camisa. Era una escalera empinada de mármol, de esas casas de 1930 muy venidas a menos, con olor a humedad y a transpiración metido en las paredes. Llegué arriba enloquecida, empujé la puerta que estaba entreabierta, como un caballo cuando va de vuelta a su establo y nada lo detiene. Atravesé la recepción corriendo e irrumpí en el vestuario. En la pasada alguna de mis antenas intuyó la presencia de Susana con su enorme cuerpo, ocupando un espacio desmedido junto al pequeño escritorio. “Su” la llamábamos todos en la Academia. Ella también fue bailarina -una del montón- hasta que un día, cansada de las dietas y las balanzas, empezó a comer chocolates y más chocolates y después ya no pudo parar.
Yo traía la malla negra debajo de la ropa. Tiré los suecos en un rincón, me saqué el vaquero que se pegaba contra la malla y no quería bajar; hice un atado con lo que traía puesto y lo amontoné en un canasto que había para la ropa. Luego tenía que hacerme el moño: la prueba más difícil de superar en los diez años de ballet. Hebe, la Directora de la Escuela, nos decía que el moño bien tirante era lo que mantenía perfecta la sonrisa fingida de las bailarinas. Primero me coloqué la vincha negra y ancha en la que quedaban atrapados todos los pelos rebeldes que tanto la irritaban a ella. Después me hice la cola de caballo que como siempre quedó un poco torcida. Pero ese día no tenía paciencia de volver a hacerla. La levanté tal como estaba y la enrosqué en forma de caracol con unas horquillas.

El moño quedó hecho. Me miré al espejo y vi a una bailarina. Respiré hondo como si me preparara para salir al escenario en un teatro lleno y pasé al salón.
Ricardo estaba allí estirando toda su belleza sobre la barra, de espaldas a la puerta. Habíamos acordado encontrarnos dos horas antes del ensayo general. El olor del salón era el de siempre, una mezcla de naranja y kerosén, que salía de la estufa con la que se entibiaba el ambiente. Nos saludamos en el espejo, de lejos. Hacía un par de semanas que Ricardo había llegado de Buenos Aires para preparar una coreografía con música de Piazzolla junto al cuerpo de baile de nuestra Escuela.
–Vengo saltando baldosas y escalones –le dije todavía agitada–, así que no necesito calentar.
–No hagas tonterías –contestó asumiendo el rol de profesor, y yo pensé que era capaz de hacer cualquier tontería si me quedaba con él un rato más.
Ricardo tenía los brazos apoyados en la barra y me mostraba la espalda, apenas cubierta por una musculosa negra. La espalda ancha se insinuaba lampiña, con una piel suave, de color aceituna que daban ganas de dormirse allí, los hombros redondos y firmes. Era un cuerpo que despedía tanta sensualidad que me hacía temblar.
Lo obedecí y apoyé mi pantorrilla sobre la barra de madera y la dejé deslizar. Él envolvió mi tobillo con su mano fuerte y lo levantó hacia arriba. Lo sostuvo así unos segundos, en silencio; yo trataba de que no me temblara la pierna. Luego con mucha suavidad, como si se tratara de algo frágil, lo volvió a dejar sobre la barra.
Dio unos pasos hacia atrás y desapareció por unos segundos de mi campo visual. Lo sentí parado detrás de mí, con todo su ser masculino mirándome. El calor me devoraba parada. Las manos transpiradas seguían aferradas a la barra, como si fuera lo único que me mantenía en pie.
–Cambio de pierna –me dijo poniendo distancia con la voz.
Sin mover un músculo de la espalda, bajé la pierna derecha y apoyé la otra pantorrilla suavemente en la barra.
Lo escuché colocar el cassette y enseguida irrumpió la música de Piazzolla llenando el salón, empujando a los cuerpos a moverse.
Nos paramos frente al espejo. Yo estaba acalorada como si hubiera ensayado durante horas sin parar.
Souplesse –me dijo él subrayando las eses–. Vamos, tirá la cabeza bien hacia atrás, sin miedo. Acá estoy si perdés el equilibrio.
Colocó el brazo a la altura de mi cintura sin rozarme; a veces el deseo se vuelve tan espeso que parece que puede tocarse con las manos.
Me dejé ir completamente, doblada como un junco por la cintura, con todo el peso de mi cuerpo en su brazo. La sangre se fue a la cabeza y lo último que vi fueron los tablones largos de pinotea del piso.
Me desperté con los ojos negros de él que sonreían con un gesto de paternidad.
–¿Volviste? –dijo, aliviado. Sentí su mano acariciándome el pelo.
–¿Esto, técnicamente, es un desmayo? –pregunté.
–Digamos que sí, te debe haber bajado la presión.
Me sentía floja pero bien; distendida. Quizás fue gracias a ese estado medio grogui que me animé a decirle que lo que me descompensaba era estar con él, a solas en un salón, rozándonos y sintiendo su respiración húmeda en la nuca. Que si él no tomaba la iniciativa de pasar la línea del ensayo me iba a enloquecer o a desmayar otras tantas veces. Mientras yo hablaba con una audacia inédita para mi habitual timidez, como si me hubiera tomado varios whiskys, él me miraba con cara de buenote; algo parecido a un pediatra asistiendo a un niño con dolor de panza.
–¿¿Quéé?? Es que no pue-do-cre-er lo que me estás diciendo –contestó con una dicción exagerada–. No puedo creer que no lo sepas, no lo disimulo para nada, se lo digo a todo el mundo. Hebe lo sabe y supongo que casi todas las chicas lo saben –me decía esto en un tono de disculpas penoso.
Yo lo escuchaba y una parte mía pensaba que debía pararme y salir corriendo como una tromba del salón, avergonzada, pero estaba tan a gusto allí tirada con aquellos vasos de whisky que nunca tomé, que no quería levantarme. Seguía en el piso boca arriba, disfrutando de Piazzola y riéndome para adentro de que estaba completamente despeinada. Se me había desarmado el moño con la sonrisa de bailarina incluida.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Un buen cuento, lúdico, ágil, que juega con la expectativa del lector, ¿pero él acaso no es...?, ¿no? La resolución del cuento, breve y antirromántica por la lógica que enuncia, nos permite reírnos de nuestra propia necesidad de que se trate, a pesar de todo, de una historia de amor. Bueno, lo es, claro, pero fallida, y necesitamos creernos todas las historias de amor, en cualquier tiempo y en cualquier lugar.

Anónimo dijo...

Lea:
muy bueno el relato!! me alegra leerte, y descubrir que estás escribiendo así!!! bueno, en tu mismo estilo claro, je je
gracias
morgana