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7.12.07

Texto seleccionado de noviembre (taller jueves): COSECHANDO MORRONES



Cosechando morrones

Ana Arjona


Me desperté angustiada, al igual que en los últimos meses.
No quería abrir los ojos, como si por esa mera voluntad pudiese volver a caer blandamente en el sueño. Pero la vigilia, despiadada, no me dejaba volver atrás.

A medida que la lucidez avanzaba, la pena era una marejada alta que iba y venía, una muralla de lágrimas en la que me ahogaba sin remedio. Cuando llegó a algún lugar cerca del corazón- tal vez al plexo solar- encalló, mansa, clavándose y doliendo.
“Pobrecita, pobrecita”- repetí en oleadas de angustia oscura.
Respiré profundo y busqué fuerzas de algún lado, de algún espacio sano de mi alma, para poder levantarme. Pero no acudían prestas, demoraban. Tuve que hacer esfuerzos grandes, sobreponerme al desánimo, pelear con uñas y dientes para no perder los pocos trozos de voluntad que encontraba dispersos dentro de mí. Ella rondaba, adherida de melancolía y desesperanza.

“Tengo que cosechar morrones”. Me tiré de la cama y me metí a la ducha.
Afuera caía una lluvia fina. Los pájaros, indiferentes, charloteaban. La mañana no lograba descorrer sus velos, como si se le hubiera atascado un único telón gris e impenetrable. La fronda oscura de la magnolia parecía empujar hacia arriba sus flores que abiertas en el aire como blancos veleros navegaban sobre ella.
Quise ser una flor.

“¡Que me lave el agua!, ¡que me lave!, aunque más no sea el cuerpo.”
Después me sequé y me vestí con la ropa descuajeringada de trabajo: el pantalón de jogging gris, manchado de pintura y herrumbre, fino de tanto uso, la camiseta azul de mangas largas, las medias gruesas de tela esponja.
Pasé por la cocina aún en penumbras y me serví un vaso de agua tan triste como el día.
En la despensa me calcé las botas de goma y descolgué la campera de lluvia. Tomé la bolsa de las herramientas, la coloqué al hombro en un movimiento impensado, rutinario, y salí al campo.
En el aire mojado viajaban corpúsculos de polen y polvo. Un espeso aroma a tierra envolvía las casas. Las hojas que el viento había tirado en la noche yacían como pequeñas islas sobre el pasto.

Anduve los sesenta metros por el camino del oeste que bordea las construcciones viejas y la cava. Las piernas me pesaban como el alma. Los arces sacarinos, en fila, apenas manchaban el piso con sus pequeñas sombras. El viento marrón les removía las cabelleras.
Una bandada de palomas se alzó desde las desportilladas ventanas y dejó sus gritos alocados colgados en los árboles. Los perros, que me seguían el paso, se les abalanzaron, pero quedaron con las fauces golpeando en el vacío.

Detrás del galpón, contra el cielo de plomo, el invernáculo era una gran iglesia verde; una enorme nave sobre el campo, armada con ciento diecisiete postes de madera, unidos por tijeras y soleras también de madera, como esos pasatiempos en los que hay que juntar los puntos para descubrir el dibujo. Envuelto en nylon transparente de gruesos micrones, solía levantar tanta temperatura que a las nueve ya no se podía estar en él, a pesar de su altura y de la cantidad de cortinas que se abrían para ventilarlo.
Esa mañana una luz fría lo iluminaba.
Sobre los cuarenta y ocho surcos de treinta y dos metros de largo, otras tantas paredes vivas elevaban sus tallos, zarcillos, hojas y frutos, enredándose en las estructuras de alambre.
Despedí a los perros y me lancé a su interior.
Un murmullo vegetal sacudió la gran construcción. Acerqué cajones vacíos a las puntas de las hileras y me sumergí, podadora en mano, en busca de soles verdes y rojos que cosechar.

Relato de amigas: La ida

La ida

Machi

Tenemos que ir a verla, dice I. Yo la miro moviendo la cabeza. Pienso que no vale la pena decir lo mucho que me mortifica la situación. Me corren las lágrimas cuando apago la luz y se aparece su cara sin que yo la llame. Tengo que ir, tengo que ir, parece un eco mi voz. Siento que el esfuerzo de enfrentarme a esa situación es tan grande como si me obligaran a subir una montaña.
Tuve un sueño extraño esta semana. Caminaba por un sendero empinado, angosto y pedregoso. Subía ayudada por un tronco fino que tiñó la mano de negro y la volvió pegajosa. Llevaba un pañuelo blanco en la cabeza y era anciana. Al llegar a la cima entré a una especie de fortaleza, allí me rejuvenecía. Se acercaba un hombre de mediana edad. Me tomaba de las dos manos y yo lo permitía con una tranquilidad y una entrega sorprendente. Al hacerlo todo su cuerpo temblaba y la cara se transformó en un globo gigante a punto de estallar, los ojos se le pusieron saltones y se lo veía sufriente. Yo lo miraba fijo, enfrentando aquel dolor y en ese preciso instante sentía como me despegaba de mi cuerpo viajando por el tiempo y el espacio. Mi energía iba y venía, traviesa y feliz, por todos los lugares que me gustan. Al regresar el hombre me abrazó y dijo que estoy curada, que puedo descender y así lo hice.
Queda poco tiempo pero me niego a verla así. Busco en la biblioteca los libros que me trajo de México y los que le robé : Neruda y el cancionero de la Guerra Civil Española .
Acaricio el escarabajo que me regaló cuando fue a Egipto. Le saco el polvo y paso mi dedo como si se pudiera despintar, a la máscara del Carnaval de Nueva Orleáns que tanto disfrutó. Abro la vasija de porcelana azul pintada tan delicadamente por manos griegas y respiro el aroma del aceite que guarda, hamaco en la palma de mi mano la nuez del huerto de sus antepasados sicilianos. El platito de cerámica de Fes ocupa un lugar preponderante, es que ese viaje a Marruecos fue especial . Me parece verla con sus largas uñas rojas, el cigarrillo en la mano derecha, centro absoluto, contando sus aventuras. París, San Petesburgo, Vietnam, España, el mundo entero saboreó. Nada le gustaba tanto como viajar.
Ya sé que debo ir. Me niego a darle un beso y no sentir sus exquisitos perfumes franceses y en cambio aceptar estos aromas nuevos que la invaden: fármacos, éter, pañales descartables, alcohol, pomadas para las éscaras.
Todavía conservo alguna toalla de las que me regaló cuando tomé la decisión de mudarme sola, ella lo festejó como una adolescente . Heredé cantidad de ropa que ella había usado con gran amor. Me las ofrendó contándome deliciosos secretos de cada prenda. Y yo las acepté con alegría, sabiendo lo que significaba aquel traspaso de prendas, sabiduría pura, de compinches.
Soñé también con niños que me tocaban timbre, estaban vestidos de riguroso negro, sus caras con máscaras de la muerte. Me miraban fijo y yo sostenía la mirada, enseguida me rodeaban y no me dejaban mover. Lloraba con miedo, sentía las lágrimas saladas quemándome las mejillas y dejando una gran cicatriz, como un hueco en la tierra. Uno de los niños con voz muy aguda me ordenaba: “tenés que ir”, y el coro de los otros niños con voz grave:”debe ir” . Me despierto sollozando, empapada la almohada y digo: voy a ir.
Hasta el año pasado caminamos juntas en la Marcha del Silencio; cada Primero de Mayo nos encontró cantando el Himno . Y en el Palacio Legislativo, con quimioterapia de por medio, casi sin pelo, estuvimos paradas en un muro.
Respiro coraje, ya se acaban los tiempos. Me baño, me perfumo, me pinto. Me preparo como si de un cumpleaños se tratara. Envuelvo en papel verde la botella de vino hecha por mi hijo y que le tengo prometida. Hace calor, transpiro, me duele el estómago. Quedé en llegar a las cinco pero he dado tantas vueltas que se me hizo tarde, tomaré un taxi. Ella es tan ansiosa como yo, seguro que ya está mirando el reloj. El ojo de vidrio azul que me trajo de Turquia para conjurar los maleficios parece abrir y cerrarse con los reflejos del sol. Desistí de las flores porque ya me dijo que la hacen pensar en su velorio. Ya casi no come así que nada de tortas. Está escribiendo un libro para sus tres hijas con todas sus recetas, a mano , porque nunca se amigó con la computadora. ¿Le alcanzará el tiempo?
Cuando llego está con L. y él le acaricia la mejilla. En ese preciso instante M. abre la mano para devolverle la caricia y empiezan a llover flores sobre la cama.

5.12.07

Relato de títeres: Luz de Luna Azulada


Luz de Luna Azulada


Carolina Temesio


Llegó para mi cumpleaños. Venía envuelta en un paquete casero que me entregó Infiernos Azulados con la sonrisa delatora de sus tímidas picardías. Las dos sentadas en la cama con el regalo, mirándolo. Yo sabía que sería algo especial viniendo de sus manos, lo abrí sin trámite. Me quedé alucinada con lo que encontré: un títere bellísimo, con una mirada gatuna, verde, viva, perturbadora. Los ojos estaban hechos con bolitas de vidrio que simulaban muy bien el cristalino, le daban a la pupila un mirar hondo. Venía vestida con un traje largo de terciopelo rojo. La cabellera azul abundante, hecha con muchísimas cintitas de papel crepé, se le movía en olas; al menor movimiento se le alborotaba como una marea enrulada. Tenía una luz especial, de luna, ciertamente.
“Por favor”, exclamé, “¡qué bruja más linda!”.

Infiernos me aclaró que venía con un sobre que abrí con premura y curiosidad, mientras ella se la calzaba en la mano derecha y ensayaba los primeros movimientos de su nueva vida. Nosotras conocíamos bien el significado de los muñecos que hablan delante de una mano. O de las manos que hablan detrás de un muñeco. Recordé aquella comunidad en la India, donde niños y adultos aprendían y resolvían conflictos usando títeres para comunicarse.

Nuestra historia había estado signada varias veces por aventuras que nos convertían en titiriteras de afición. Tiempo atrás, cuando Alada se iba a Canadá le llevé al aeropuerto al Pelirrojito (un personaje entrañable) para saldar un desencuentro afectivo y que la acompañara en su viaje. Era un titerito de dedo diminuto, con nariz roja de payaso, remerita verde a rayas y sonrisa algo tristona. Tenía una personalidad muy especial el Pelirrojito; cuando hablaba en retablos improvisados, rápidamente se hacía querer. Había sido regalo de mi primer novio, que a su vez le había sido regalado por alguien especial para los dos. El sabía que a mí me encantaba y me lo dio cuando decidimos alejarnos; nos unió más. El pobre Pelirrojito estaba acostumbrado a cambiar de mano en momentos difíciles, y con ese cuerpito pequeño que entraba en el dedo índice, había aprendido a decir algunas palabras; de esas que salen mejor de manos que de labios. A ese espectáculo de palabras y despedidas habíamos asistido las dos, Infiernos y yo.

Luego vivimos cosas peores y más hermosas, como cuando nos pasamos un fin de año pegando polifones y pintando animales de colores para una obra que nunca se pudo realizar. El camionero gentil que nos recogió en la ruta 1 rumbo a Colonia, ató muy mal la bolsa de títeres a la caja del camión. Qué congoja tan grande nos invadió al llegar y encontrar que los quince muñecos ya no estaban; habían volado espectacularmente por el aire. El viento les había dado vuelo a los personajes; sin saber cómo ni cuándo, les había conferido vida y destino. Quedó un solo títere de ese titericidio, una jirafa con lunares verdes y nariz redonda que habíamos apodado Girasol, y que fue rebautizada como el Sobreviviente. Lo había sacado de la bolsa para aprovechar el viaje y ensayar una parte de la obra en el camino. Resultó que el Sobreviviente tuvo que inventar para los niños de Carmelo otra obra basada en el infortunio de su vida real. Terminó haciendo apología de orfandad y contando la historia de sus compañeros volados en la ruta.

Todo eso tenía que ver con nuestra historia común de inventarle vidas a personajes de tela, polifon o papel maché. Y ahora salía a escena alguien mas.

Luz de Luna saltó de su mano a la mía, y la vistió de inmediato. Empezó a revolotear por el aire y a repetir hechizos incongruentes, como si la hubieran tenido amarrada en el paquete, o amordazada por décadas. Con sus guantecitos de raso blanco me quitó la carta que yo sostenía en la otra mano. Me aclaré la garganta, buscando una voz aguda, nítida, que se demoró un instante detrás de la fila de dientes como si existiera alternativa. Sin hallarla saltó al vacío por el trampolín de mi lengua.
Leí gesticulando sobre el papelito arrugado, con esa sensibilidad suya que no aprendí, que no aprendo. Seguramente fue entonces cuando me escondió en la mano el secreto añejo que sin saber contuve, apretado. Sus ojos de gata se clavaron en Infiernos, tras hacer una pausa, buscando complicidad. Las palabras salieron como destellos azules, y espadearon entre sí, sin herir la nada mi ausencia.